Itinerarios de lectura: Julio Verne en las garras de la cancelación
Nomi Pendzik rescata una obra que ha permanecido sospechosamente oculta dentro de la producción de Verne: "El conde de Chanteleine".

Julio Verne.
Por Nomi Pendzik (*)
He conocido el mundo gracias a Julio Verne. Es más: desde que aprendí a leer, luché contra los esclavistas en África, contemplé maravillada los misterios del fondo del mar, viví en el faro más austral del mundo, me interné en el insospechado centro de la Tierra, rodeé todo el planeta en tiempo récord. ¡Hasta la Luna llegué! Como quizá les sucedió a muchos de ustedes, le debo a Verne gran parte de las aventuras de mi infancia y adolescencia, así que, con esta nota, le rindo el merecido homenaje –y de paso, agradezco a Fede Prieto, mi futuro yerno, que me prestó el libro del que hablaremos hoy–.
“El conde de Chanteleine” es una obra que ha permanecido sospechosamente oculta dentro de la producción de Verne. La primera edición francesa es de 1864 –salió por entregas en la revista ‘Musée des families’–, pero en forma de libro recién apareció en 1971…, ¡casi setenta años después de la muerte de su gran autor! Ustedes se preguntarán por qué no querría alguien publicar una novela de uno de los autores más exitosos de todos los tiempos. La respuesta es reveladora, y la maldita palabra “cancelación”, tan de moda en estos tolerantes tiempos, se impone ante nuestra sensibilidad. Sucede que “El conde de Chanteleine” toma como contexto histórico una de las guerras más celosamente silenciadas por la historia oficial sobre la Revolución Francesa: la Guerra de la Vendée, considerada por muchos como el primer genocidio de la historia moderna –murieron más de 170000 civiles, la gran mayoría plebeyos–. En páginas tensas con apasionantes giros argumentales, la novela cuenta las aventuras de un grupo de vendeanos que, aun derrotado ya el ejército católico, luchan por sus ideales con valor y dignidad contra los desalmados y despóticos revolucionarios. Y tal incorrecto heroísmo no le causó ninguna gracia al editor de Verne, partidario de la Revolución.
La trama se desarrolla entre febrero de 1793 y julio de 1794. Como varias de las novelas de Verne, se basa en hechos históricos, pero aquí la ficción está enraizada dentro de circunstancias verídicas, casi documentales, de su tierra natal. Los acontecimientos alcanzaron tal magnitud que incluso la Wikipedia –un medio absolutamente insospechado de reaccionario–, la define así: “Guerra de la Vendée es la denominación historiográfica de la matanza sistemática y registrada de la población de la Vendée. La rebelión inicial derivó en una guerra civil que enfrentó a los partidarios de la Revolución francesa y a los partidarios realistas católicos. Se desarrolló en la región francesa de Vendée entre 1793 y 1796 y terminó con la masacre de hombres, mujeres y niños, auspiciada por los dirigentes de la revolución, para evitar cualquier posible insurgencia futura. (…) Donde incluso se utilizaron hornos crematorios y se comerció con los restos biológicos de las víctimas”. Fuerte, ¿no? ¿A que nunca nos enseñaron eso en la escuela cuando nos hablaban del famoso lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”? La guerra vendeana, en la que confesarse católico, o no concordar con las ideas revolucionarias, era sinónimo de condena a muerte, representa el Terror en su estado más puro.
Para la figura del protagonista, el conde del título, Verne se inspiró en uno de los tenientes del ejército de la Vendée, Pierre-Suzanne Lucas de La Championnière. Sabemos que conoció a sus hijos, conversó con ellos y leyó las memorias del militar antes de que se publicaran.
En el fragmento que les ofrezco hoy –el comienzo de la novela–, el narrador omnisciente, externo a la historia, resume en pocas líneas el contexto que da origen a su relato, y a la guerra. Resulta admirable la síntesis con que abarca todos los aspectos: los sucesos anteriores y los actuales –que funcionan como detonantes–, los personajes, el ambiente físico y espiritual de la región en que la transcurrirán los acontecimientos. También es evidente el posicionamiento del autor acerca de los hechos que narra: lo vemos en la adjetivación, que va creciendo en cantidad y valoración negativa a medida que crece la enumeración de acontecimientos nefastos.
La novela de Verne trabaja con datos concretos –lugares, nombres, fechas–, y dentro de ellos introduce una ficción sobre persecuciones y huidas, y hasta se toma el tiempo para crear un romance. Eso sí, no nos ahorra a los lectores las atrocidades del genocidio anticristiano: la visión de los pueblos arrasados por los incendios, la sangre empapando las calles o el dolor de los gritos de los heridos y los huérfanos. Mediante verosímiles escenas y diálogos, pone de manifiesto el imperio de la desconfianza y del horror. Y siempre alguna peripecia mantiene en vilo al conde, a su hija y al fiel Kernan.
En cuanto a nosotros, los lectores identificados con su epopeya, a cada página nos impulsan la certeza del buen combate, la fidelidad a los valores trascendentes y la esperanza de que un mundo realmente más libre, equitativo y fraterno es posible.
***
“El conde de Chanteleine” de Julio Verne
(Traducción de Manuel Aranda y San Juan, revisada y editada en Buenos Aires por Cooperativa de los Libros Dormidos, 2019)
Capítulo I: Diez meses de guerra heroica
El 24 de febrero del año 1793, la Convención nacional francesa promulgó un apremiante decreto para llevar a efecto una quinta o leva de unos 300.000 soldados, a fin de rechazar la tremenda acometida de la formidable coalición extranjera de casi todas las potencias unidas de Europa y puestas en armas contra Francia. El 10 de marzo, siguiente a la publicación de aquel decreto, debía celebrarse el sorteo de los mozos que habían de formar aquel ejército republicano de Francia, en la pequeña aldea de Saint-Florent situada en un rincón de la vieja provincia de Anjou, para prestar a la patria el contingente de soldados que correspondía a aquel pacífico y casi ignorado distrito.
Ni la más arbitraria llamada a filas, llevada a cabo por el fanatismo revolucionario, que dio por resultado la casi total emigración de los nobles y de los principales propietarios del país; ni la muerte que se había dado al rey Luis XVI, decapitándole en la guillotina después de haberle sometido a un acalorado proceso, que llenó de estupor a toda Europa, habían podido sublevar a los sencillos labriegos de aquella parte occidental de la nación francesa, casi ignorada del centro revolucionario del país; pero la dispersión de los curas y del clero, las sacrílegas violaciones y profanaciones de sus iglesias, la invasión de párrocos juramentados, que habían sustituido a los antiguos curas en todas las parroquias del país, y finalmente aquella última medida tan violenta como vejatoria de la llamada a filas, que venía a arrancar a los hijos de los brazos de sus padres, y la más lozana juventud de la población entera, para llevarla a perecer a una guerra monstruosa y temeraria contra los ejércitos coligados de casi todas las naciones de Europa, colmaron la medida de su sufrimiento, y por doquiera exclamaron todos a una voz:
—¡Puesto que es preciso morir, muramos al menos en nuestras casas!
Furiosos y desesperados, los paisanos atacaron a garrotazos a los comisarios de la Convención, haciendo huir, después de derrotados, a los destacamentos de soldados reunidos para proteger las operaciones del sorteo.
En aquel día, comenzó la guerra de la Vendée. El núcleo del ejército católico y real se formó bajo la dirección del arriero Cathelineau y del guardabosque Stofflet.
El 14 de marzo, la pequeña partida armada que capitaneaban estos oscuros guerrilleros, se apoderó del castillo de Jallais, que defendían los soldados del regimiento Nº. 84 y una sección de guardias nacionales de Charonnes, procedentes del departamento del Sena. Allí fue donde arrebataron a los defensores de la república francesa aquel primer cañón que se hizo célebre en el ejército católico-realista, y al que bautizaron los partidarios de la monarquía con el nombre de El Misionero.
—A este principio —dijo Cathelineau dirigiéndose a sus camaradas— es preciso que siga lo demás.
Lo demás fue aquella guerra terrible iniciada por este labriego y que puso en grande aprieto, en más de una ocasión, a las mejores tropas de la república. (…)
El conde de Chanteleine, siempre en primera fila, fue desde el principio de la campaña y durante diez meses el verdadero vencedor en todas las victorias obtenidas por los de su bando, en Fontenay, en Thouars, en Saumur y en Bressuire, siendo solo vencido en el sitio de Nantes, donde pereció el valiente Cathelineau. Las provincias occidentales de Francia no tardaron en sublevarse.
Entonces fue cuando se vio a los blancos, o realistas, caminar de victoria en victoria, y ni la pericia militar del general republicano Aubert Dubayet, ni el valor heroico del entusiasta Cléber, con los terribles soldados que había traído del sitio de Maguncia, ni las tropas del general Canclaux, pudieron resistir a su indomable ardor.
La Convención, espantada, ordenó arrasar y destruir el territorio vendeano, y expulsar a su población.
El general Santerre pidió que se minara todo el país para hacerlo saltar entero, y que se hiciesen fumigaciones soporíferas con el objeto de asfixiar a todos los habitantes de aquella región. (…)
Cuando las tropas realistas tuvieron noticia de tan terrible resolución, se convirtieron en fieras: el conde de Chanteleine, que a la sazón se hallaba al frente de una división de cinco mil hombres, se batió como un héroe en Doué, en el puente de Ce´, en Torfou, y en Montaigu; pero al fin, sonó la hora de los reveses para su causa.
(*) Para leer las anteriores notas de la columna “Itinerarios de lectura” de Nomi Pendzik, hacer clic acá.

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